La modificación climática, llamada también “geoingeniería”, se perfila en círculos científicos de los países desarrollados como un rumbo posible para enfrentar algunos problemas graves del cambio climático. Uno de los más entusiastas propulsores de esta tendencia tecnocrática es el multimillonario estadounidense Bill Gates, para quien el calentamiento global constituye una amenaza que requiere concretas medidas de autodefensa climatológica. Una de las hipótesis más frecuentes de los científicos aplicados a proponer estrategias de geoingeniería consiste en la diseminación masiva en la atmósfera de partículas de bióxido de azufre, que actuarían como barrera para la luz solar y, en consecuencia, como pantalla para enfriar la tierra. Recientemente, la fundación que encabeza Gates donó cinco millones de dólares para la expansión de un programa conocido como FICER (Fondo de Investigaciones Innovadoras en Clima y Energía).

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En torno de este tipo de iniciativas se mueve actualmente una amplia variedad de empresas aplicadas a inventar procedimientos geotecnológicos que puedan ser patentados y convertidos en portentosos nuevos negocios globales de la economía “verde”.

En tal órbita, una gran cantidad de climatólogos estudian procesos que en algunos casos son promovidos por la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos para fabricar gigantescas “sombrillas” espaciales que atenúen la acción de los rayos solares.

En esta dirección, el astrónomo Roger P. Angel de la Universidad de Arizona diseñó un proyecto para poner en órbita billones de pequeñas lentes que podrían servir para refractar la luz solar hacia el espacio exterior: medirían un metro cada una y serían muy delgadas.

Creado en 2007, el FICER ya ha endosado subvenciones a 13 proyectos por un total de 4,6 millones de dólares, seleccionados por dos renombrados climatólogos, los doctores David Keith de la Universidad de Calgary y Ken Caldeira del Instituto Carnegie: si bien la Fundación Gates los impulsa, son ellos quienes toman las decisiones finales sobre los emprendimientos.

El doctor Keith preside también una empresa de geoingeniería, llamada Carbon Engineering, que tiene a Bill Gates como uno de sus principales accionistas.

Diana Bronson, investigadora del grupo ambientalista canadiense ETC, afirmó que “existen conflictos de interés bastante claros entre las personas implicadas en estos emprendimientos”.

La procupación de quienes critican a estas nuevas alianzas geotecnológicas es que los científicos implicados podrían tender a sobreestimar sus invenciones, pensando en el lucro proveniente de las patentes derivadas de su aplicación en el mundo.

El climatologista Ken Caldeira se defendió diciendo que “si mis patentes de geoingeniería llegan a ser utilizadas, donaré mis lucros a ONGs y a organizaciones de caridad, pues no me interesa ganar plata con patentes de modificación climática.”

El FICER no es la única entidad aplicada a investigar métodos tecnológicos para limitar los impactos de las emisiones de gases carbónicos, pues ya en 2009 un informe de la Sociedad Real de Londres asumió el mismo desafío, que en América del Norte -a falta de programas oficiales- se asumen exclusivamente con recursos filantrópicos.

Otros magnates multimillonarios también aportan fondos para este tipo de experimentaciones, entre ellos, el británico Richard Branson, titular de la flota de aviones Virgin Group, y el escandinavo Niklas Zennström, confundador del sistema de telefonía online Skype.

En 2009, el buque oceanográfico alemán Polarstern navegó por el Atlántico Sur y diseminó seis toneladas de sulfato de hierro en polvo, con la intención de “fertilizar” un área de 300 kilómetros cuadrados para estimular un veloz desarrollo de diminutas algas (fitoplancton) que jugarían un papel clave en la cadena alimenticia marina y en la absorción del problemático gas CO2.

No todo es viento a favor en esta latitud inventiva, pues otros científicos y expertos en clima temen que en vez de resolver problemas, estas geotécnicas acaben alterando las pautas naturales del régimen de lluvias, provocando alteraciones climáticas mucho más perjudiciales.

Por su parte, Doug Parr, científico jefe de la organización Greenpeace Internacional ha declarado que “hay muchas cosas en juego, y los científicos que promueven la geoingeniería no son las mejores personas para lidiar con las cuestiones sociales y éticas que pueden provocar”.